En ocasiones sólo con ver oír o sentir la energía de una persona ya estamos convencidos de como es, de si nos aporta algo o no, e incluso, de qué forma debemos actuar.
¿Hemos tenido siempre este “detector”?, ¿Hemos actuado siempre de la misma manera? o ¿Es algo que hemos aprendido con el paso de los años?.

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Si observamos a nuestros grandes maestros (los niños), nos podremos hacer una idea de la respuesta a esas preguntas.
En un experimento realizado en Italia, hicieron un casting para buscar a “los malos” de una película de acción cuando en realidad era para un anuncio de un programa de Tv.
Los creativos prepararon una “sorpresa” que tiene que ver con lo expuesto anteriormente y que podéis ver aquí:


¿Que vemos en este vídeo? ¿De qué nos damos cuenta? ¿Que tiene que ver con lo comentado anteriormente?.
 
Podemos observar a esas niñas, que sin pensar, simplemente buscan su objetivo y sin condiciones: jugar y pasar el mejor rato posible en ese espacio de tiempo.
También podemos comprobar de qué forma reaccionan los adultos cuando nadie los juzga y los tratan con un poco de cariño.

Se puede apreciar lo enriquecedor que ha sido la experiencia tanto para los adultos del video como para las niñas, y  de qué forma al tratar a los adultos con cariño y sin juzgarlos éstos rompen sus barreras y se muestran tal cual ante ellas.
Las niñas juegan con sus nuevos amigos como si de otros niños se tratara, sin filtros.
Viven una experiencia de igual a igual, disfrutan unos de otros y se complementan aportando cada uno con lo que sabe y tiene. Al despedirse se sienten agradecidos tanto los adultos como las niñas, que lo expresan besando y abrazando a sus nuevos amigos y éstos correspondiendo a esta acción.

¿Somos tan distintos de esos adultos del casting?, ¿Tratamos así a las personas que nos “mueven”?, ¿Qué es lo que nos lleva a actuar de esa forma?.

Nos gusta que nos traten como lo hacen esas niñas, no es difícil imaginarnos en ese video, y seguramente nos sentimos así con algunas personas, pero esto sólo pasa en determinados grupos reducidos y normalmente acostumbran a ser las personas con las que mejor y más cómodos nos sentimos y a las que intentamos que se sientan mejor.

En otras palabras, si nos sentimos escuchados, atendidos, respetados y queridos por una persona, difícilmente tendremos una mala relación con ésta. 
Entonces, si sabemos esto ¿cómo es que no tratamos a todas las personas así?, ¿que nos hace usar el “detector”?
Parece ser que no nacemos con ese “detector”, lo vamos adquiriendo con nuestras experiencias y probablemente con la influencia recibida en algunos momentos de nuestra vida, entonces ¿Es útil este detector para nosotros?.

Seguramente todos habremos oído en alguna ocasión la frase “gato escaldado del agua fría huye”, podemos empatizar con ese gato y entender que es lo que le hace huir, pero el hecho de haberse quemado con el agua, ahora no le deja disfrutar del agua fría en verano e incluso del agua templada en invierno, y probablemente le hará super-protector con sus cachorros a los que no dejará que se acerquen tampoco al agua por lo que pueda pasar.
El “detector” en el caso del gato le ha sido útil en algún momento, pero es tan impreciso que le acaba limitando tanto a él como a sus cachorros y aumentando sus miedos.

El miedo, como tantas cosas en esta vida, es útil en su justa medida, en su forma básica es una alerta, sin embargo en exceso no nos deja disfrutar de experiencias como la de un buen baño en el caso del gato (y no olvidemos a sus cachorros) y como la del vídeo anterior así como otras muchas de las que ni siquiera somos conscientes. Incluso nos puede llegar a paralizar.

¿Y cómo sabemos su justa medida?.

Es un trabajo que como algunos de mis clientes han podido comprobar, en ocasiones no es fácil de averiguar, se pueden mezclar varios conceptos que nos confundan y no nos dejen ver ni medir con claridad.

Las experiencias tanto positivas como negativas, los miedos que nos transmiten otras personas cercanas y que dejamos que nos afecten, los prejuicios y los estereotipos sociales hacen que mostremos patrones de comportamiento, a veces injustos ante determinadas personas y situaciones que nos limitan y aíslan e incluso pueden llegar a marcar nuestras vidas.

Cuántas veces hemos oído juicios como: “este niño es muy travieso” o “muy malo”, o incluso en positivo “dibuja muy bien”, probablemente si a un niño se le enjuicia o etiqueta varias veces de “travieso”, tendrá esa tendencia y puede ser que la arrastre durante mucho tiempo o de por vida y sin saber hasta qué punto ha sido influido por estos juicios.

El que no consigamos dejar atrás nuestros prejuicios y esa primera impresión o detector en forma de defensa que nos hace actuar de una manera automática, no quiere decir que no podamos darnos cuenta de cuando nos ocurre y de si queremos que éstos determinen nuestro comportamiento y juicios ante esas personas.

Por eso es importante retrasar esos mecanismos y ser conscientes de si habla nuestro detector o nuestros estereotipos por nosotros, es necesario recordar que detrás de cada estereotipo se halla una persona única, con sus virtudes y sus defectos y si nos tomamos el tiempo necesario para conocerla es probable que nos llevemos alguna que otra grata sorpresa.
Este corto publicado en 2012 “Snack Attack” de Andrew Cadelago muestra gráficamente esta situación:


Quizá nos deberíamos preguntar ¿Qué ganamos y qué perdemos por juzgar?
Podemos ser pragmáticos y en lugar de juzgar, simplemente escuchar, tratar a las demás personas como nos gustaría que nos tratasen y darnos cuenta si al actuar así, algo cambia en nosotros mismos. Quien sabe, igual podremos empezar a disfrutar esos momentos.


Joan Manel Castillo,
Personal & Executive Coach, certificado por IEC.